LOS OLVIDADOS

Ammán tiene algo interesante, una mezcla de contrastes entre el Medio Oriente de alta clase y el desorden de la baja sociedad. Llevaba casi una semana en la capital jordana colaborando en lo que se podía con grupos locales en asistencia a refugiados. Veníamos de visitar Al Mafraq, la primera ciudad fronteriza con Siria, donde la desesperanza y el caos son moneda corriente.

Ese día, el itinerario decía “sudaneses Ammán”. A primera vista me pareció raro, si bien Jordania es uno de los países con mayor cantidad de refugiados, y con el segundo campo de refugiados más grande del mundo (Zaatari), no me parecía lógico que exista una comunidad de sudaneses en Jordania, al menos la geografía no colaboraba.

Subimos a un taxi junto a dos miembros del equipo que nos ayudarían con la comunicación (español/inglés/árabe) y anduvimos cerca de 15 minutos alejándonos cada vez más de los círculos (rotondas) que delimitan la ciudad. Eran cerca de las 8 de la noche y ya estaba oscuro.

El taxi nos dejó en una esquina y tuvimos que caminar alrededor de tres o cuatro cuadras, el barrio tenía todo el aspecto de suburbio de cualquier ciudad grande, las calles de tierra, la gente que miraba con desconfianza. Uno de los miembros del grupo, quien era nuestro contacto allí nos indicó la casa donde teníamos pactada la visita, se encontraba en lo alto de una especie de morro brasilero, pero sin verde, un morro de cemento y basura, recuerdo hasta ver alguna rata pasar delante nuestro.

Debo decir que la situación no era agradable, ni lo que esperábamos.

Entramos a la casa y fuimos recibidos por Mustafá y su señora. El, con una túnica blanca casi perfecta que resaltaba, junto con sus pupilas, del negro azabache de su piel. Ella, con un vestido de varios colores y una mirada alegre, como si nos conociéramos de toda la vida.

La casa era una pequeña habitación sin ningún tipo de lujo. Nos hicieron pasar y al instante llegaron dos parejas más, aun con más colorido en las mujeres, y una pequeña que fue la alegría de la noche.

Pasamos cerca de tres horas juntos, cumpliendo el ritual de bebidas y comidas que recibe cualquier invitado a una casa sudanesa, y escuchando sus historias.

Es cierto que el idioma es un límite, una barrera. Pero puedo asegurarles que sus miradas, sus lágrimas y sus sonrisas me contaron mucho, diría demasiado de ellos.

Las historias se repiten una y otra vez, cientos escapando desde Darfur, sur de Sudán, acosados, maltratados y asesinados por los rebeldes del norte, destruyendo sus campos, sus familias, sus vidas.

Recorrieron más de tres mil kilómetros, pasando por todo Sudán, Egipto, Israel hasta llegar a Jordania, o lo peor, intentando cruzar el Mar Rojo.

Sin dinero, sin ropa, sin esperanza.

Allá en su país de origen ya no tienen identidad, no existen, quizá nunca puedan volver. Ahí, en Jordania, vagan por las calles, discriminados por los otros refugiados (iraquíes, sirios, etc), son la clase más baja dentro de los refugiados, los dejados de lado

 

EMILIANO ZALAGIONE

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Comentarios: 1
  • #1

    jorgelina (viernes, 05 agosto 2016 11:22)

    Gracias por contar en primera persona esta experiencia que nos ayuda a entender, amar y empatizar con estos prójimos necesitando samaritanos...